Puede que el inicio de tu historia no haya sido feliz pero no determina quién eres

Tú decides lo que eres y en quién convertirte de aquí en más.

miércoles, 5 de agosto de 2009

Mi familia¡

Queria compartir con ustedes, que hoy por fin hemos obtenido la guarda preadoptiva de nuestros hijos:
Nico (de 12 años) Leo (de 10 años) y Mili (3 años)
Estamos super felices los cinco, y quiero decir que adoptar niños mayores es sumamente gratificante, poder hablar con ellos y entendernos, es algo sumamente maravilloso¡¡¡

miércoles, 15 de julio de 2009

Proponen se permita la adopción a "parejas de hecho"

Gracias Lore:

El senador popular Antonio Fas Alzamora propuso hoy legislación para permitir a parejas que convivan -pero no estén casadas- adoptar menores.

La propuesta, aclaró el legislador, excluye a las parejas del mismo sexo.

"La legislación vigente establece que nadie podrá ser adoptado por más de una persona, salvo que los adoptantes estuvieran casados entre sí, en cuyo caso deberán adoptar conjuntamente", indicó. "Eso ha omitido considerar, en claro perjuicio de los candidatos a la adopción, la posibilidad de vivir y desarrollarse en el seno de una familia formada por un hombre y una mujer con características análogas a una relación conyugal", dijo el senador.

Resaltó que la diferencia entre estas parejas es que sus integrantes no han celebrado un contrato matrimonial.

El proyecto enmendaría el Código Civil de Puerto Rico, pero el legislador adelantó que no tendría objeción a que su propuesta se incluya entre las enmiendas que sugiera el Senado al proyecto para una nueva ley de adopción que ya aprobó la Cámara de Representantes.

Explicó que lo que propone es que se apliquen los mismos requisitos que se exigen a un matrimonio a estas parejas de hecho. Son éstos que tengan por lo menos dos años de relación y que tengan por lo menos 14 años más que el menor de edad.

"Estas parejas de hecho son capaces de sostener relaciones muy estables y comprometidas entre sí", afirmó.

Reiteró, sin embargo, su oposición a que se reconozcan los matrimonios entre personas de un mismo sexo.

Fuente:http://www.primerahora.com/diario/noticia/politica/noticias/proponen_se_permita_la_adopcion_a_parejas_de_hecho/315365


miércoles, 1 de julio de 2009

La llegada de "ella"

Recibí en la dirección de mail este sentimiento, expresado por Lorena W

Como explicar ese único sentimiento y a la vez mezcla de muchos otros;
que sentí ese día.

Como guardarlo en mi cuerpo, cuando sentí que no entrara en el.

Sentía que mi vida había cambiado no sabia ¿cómo?.

Ese día el día de tu nacimiento, momento, triste, feliz, conmemorable, único.

El día que por primera vez vi tu cara, el día que por primera vez me sentí mamá.

Que palabra tan única y buscada, que sentimiento inalcanzable, que complicidad.

Hoy después de no haber dormido en tus noches en vela, la cual te
hacia compañía, de acompañarte al medico, de ser testigo de tus
primeras risas, dientes, morisquetas; puedo decirte que sos lo mas
importante que me paso en la vida, lo mas grande y hermoso que tengo,
que sin vos muero y por vos muero; y que voy a estar a tu lado
siempre, en tus buenos, malos momentos; en tu felicidad y tristeza y
por sobretodas las cosas cuando me puedas decir....

Mamá.

otras historias...

Encontré un articulo del año 2007. En adopción, es como si el tiempo se encontrara detenido, siempre lo mismo, nunca un cambio.
Por eso acompaño al Club de padres, en su intento por cambiar algo.
Quería aclarar algo: siempre pongo notas de adopción de niños más grande. 1ro, porque no encuentro historias de gente que adopte bbes, y 2do porque yo estoy en pleno proceso de vinculación con mis tres hijos de 12,10 y 3 años, y quiero contarles a travez de otras historias que se siente adoptar niños más grandes.
Si alguno de los que leen este blog, quiere acercar otras historias de adopción, gustosa las subiré al blog, sin ninguna censura.
Bueno, comparto con ustedes este artículo:

Adopciones diferentes: el largo camino a casa

Adoptar chicos grandes, enfermos o grupos de hermanos es un gesto de amor valiente. Aquí, historias de familias que están de estreno.

El día en que la adoptaron, María tenía un vestido rojo con margaritas tan blancas como sus sandalias y un montón de collares y pulseritas porque desde siempre fue coqueta. Eugenia y Ailén, en su primera mañana en la que ahora es su casa, se pasaron a la cama de papi y mami, como lo habían visto en la tele. La nueva vida de Inés comenzó al entrar en esa habitación rosada con una guarda que tiene calcos de Winnie the Pooh. Se tiró en la cama y rió.
Cuando Blanca y Juli pasaron su primera noche en la casa de Garín, los que no pudieron dormir fueron sus papás: en el hogar donde habían vivido los chicos, les advirtieron que el nene tenía pesadillas. Lo cierto es que esa noche y todas las noches que siguieron, Juli durmió –y duerme– como un lirón.


María Celeste se puso nerviosa cuando le dijeron que la venían a buscar. Su mamá la recuerda parada detrás de la puerta, desgarbada, con unas chancletitas y los ojos llenos de expectativas. Momentos que no son cualquier momento. Son días, horas, instantes de cambios profundos para cada uno de estos chicos. Son hijos adoptivos. Chicos que, ahora saben, fueron tan deseados como para que sus papás hicieran lo imposible hasta encontrarlos. Había una parte del corazón vacía y sólo ellos podían llenarla. Pero además, María, Inés, Eugenia, Ailén, Juli y Blanca fueron adoptados cuando ya tenían 6, 7, 8 años o más. Algunos no estaban del todo sanos; otros son hermanos. Y todos cargan con una historia detrás que ellos conocen y que sus papás adoptivos no esquivan ni ocultan.


El camino de la adopción, y en particular de chicos que no son bebés, puede no ser fácil y, a veces, también es ingrato. Porque para unir esas vidas tienen que coincidir las voluntades de muchos intermediarios: jueces, abogados, asistentes sociales, psicólogos, instituciones que, a pesar de los intentos, no logran funcionar aceitadamente. Y, se sabe, el tiempo de espera desespera. Pueden pasar meses o años, que no sólo son exasperantes para quienes desean adoptar, sino –y sobre todo– para esos pibes que crecen dentro de las impersonales paredes de institutos de menores u hogares donde la infancia corre en tono gris, sin otro sueño que el de tener un papá y una mamá.


A la hora de adoptar, muchos adultos ponen condiciones: que sea un solo chico, que esté sano, que no tenga relación con su familia biológica y que, como mucho, tenga 5 años. Demasiadas exigencias que se chocan con la realidad: hay pocos bebés que cumplen esos requisitos. Además, como la ley exige que para ser dado en adopción el niño debe pasar un año en estado de abandono, con sólo una vez al año que lo visite su familia biológica no estará en ninguna lista. En cambio, hay muchos chicos, más grandecitos, que terminan creciendo en instituciones.


EL TIEMPO DE LA ESPERA


Según la Dirección Nacional del Registro Unico de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos (DNRUA) –que depende del Ministerio de Justicia de la Nación– hay registrados 618 matrimonios y 121 personas solas que quieren adoptar bebés hasta los 2 años. Y tan sólo 9 parejas y 16 aspirantes solos, que aceptan chicos de entre los 8 y 10 años. Cifras que no son definitivas.
Por otro lado, el Registro de Adoptantes de la Ciudad de Buenos Aires tiene, sin detallar la edad de los chicos, unos 1.300 postulantes, entre matrimonios y personas solas. Pero el año pasado, hubo sólo 80 pedidos de los juzgados porteños para dar en guarda a otros tantos menores. La desproporción es muy alta y habla del tiempo de espera que pasan los chicos en instituciones.
Según María Elena Naddeo, a cargo del Consejo de los Derechos de Niños, Niñas y Adolescentes de la Ciudad, "la mayoría de los postulantes espera niños de corta edad. Básicamente por el temor de que las huellas que dejaron el abandono o situaciones de violencia les impidan a los chicos la integración a una convivencia familiar, o del vínculo amoroso. Y esto es muy entendible".
De todas maneras, "los chicos más grandes se recuperan muy bien. Porque lo único que necesitan es afecto, acompañamiento y contención para sanar las heridas". Algo que requiere de mucho compromiso, que no siempre existe, por parte de los padres adoptivos: "Hubo chicos que fueron devueltos por los adoptantes. Esto es algo muy victimizante para los menores. Por eso,
hay que ser muy cauteloso en la elección de la familia".


De todas maneras, hay organizaciones que aportan a que unos y otros puedan encontrarse. En la Fundación Prohijar, por caso, se creó hace 8 años el Programa de Familias Especiales, por el cual unos 200 chicos pudieron encontrar un papá y una mamá. La idea es que los adoptantes no sólo busquen bebés. "Con sólo conocer las experiencias, muchas familias dejarían de buscar sólo bebés o de tenerles miedo a los grupos de hermanitos o a que los chicos tengan cierto lazo con la familia de origen", dice Sandra Juárez, directora de Prohijar. Y si bien por este programa muchas personas pudieron adoptar en plazos más cortos que los habituales, la decisión está supeditada a la Justicia. "Hay veces en que un matrimonio es convocado apenas termina su evaluación. Y otros, que esperan desde hace tiempo, no son elegidos en esa oportunidad", explica.


Así le sucedió a María Inés Lago cuando, a sus 46 años, decidió adoptar sola. "Siempre tuve esa idea, tuviera mis hijos biológicos o no." Inesita, su nena de 8 años, llegó al departamento de Villa Urquiza hace dos. La esperaba una habitación rosada con dibujitos de Winnie the Pooh. Y una mamá capaz de aventar cualquier miedo. "Creo que tengo los temores de cualquier papá o mamá: qué pasaría con ella si a mí me pasara algo, si la podré mantener, si crecerá feliz", dice María Inés.
Se trata de ir amoldándose en el día a día, que en ningún caso es idílico ni fácil. Al fin y al cabo, unos y otros apenas se conocen. Hay horarios distintos, costumbres nuevas, terrenos que ceder, conductas que explorar y mucha paciencia para responder en situaciones esperables: malas contestaciones, ciertos desplantes, ataques de rabia. Porque si los grandes tienen temores, los chicos tienen terrores: el fantasma de sufrir un nuevo abandono los acompaña. "La nena necesitaba que yo le dijera que de acá no la iba a sacar nadie, que íbamos a estar siempre juntas", cuenta María Inés de aquellos primeros días. Eso fue dando seguridades, y ahora las preguntas son otras: "Mami, ¿por qué no estuve adentro de tu panza?" o "¿En qué me parezco a vos?". Juntas, además, escriben el "cuadernito de los recuerdos" que iniciaron el primer día de adopción: hay fotos, dibujos, qué cosas hizo la nena por primera vez... Para la pequeña Inés, así empieza su historia.


ESOS CHICOS, ESOS MIEDOS


Las ganas de ser mamá, para Ana, se instalaron a los 33. Y decidió que iba a adoptar a alguien que la necesitara mucho. Había conocido el dolor de perder a su marido por sida y cuando se presentó en el Consejo del Menor y la Familia expresó su deseo: quien más la necesitara. Tras cuatro meses de espera llegó María, una nena de 6 años, VIH positiva. Enseguida le preguntó si
podía llamarla mamá.


Esa noche Ana no durmió pensando que la nena podría despertarse y no saber dónde estaba. Pero María no paró de roncar. Hoy, siete años después, Ana no imagina la vida sin su hija. "Llevamos una vida normal, con los ajustes que lleva cualquier relación con una adolescente de 13 años. De salud está muy estable y hasta ahora no hemos sufrido dificultades. Creo que si algún día hay un problema voy a hacer lo que deba; y confío en que lo vamos a superar porque ella es una chica muy fuerte."


Para muchos, la diferencia entre tener una casa y tener un hogar la dan estos pibes. Los papás coinciden en que no se pueden borrar las cargas que traen en sus mochilas, pero es posible un camino hacia adelante. Y no es poco.


María Celeste ya tiene 13. Y no le caben dudas: "Recuperé mi infancia a full". Rosa y Argentino Olveira Cóceres lagrimean al repasar los primeros momentos con María Celeste. El comedor de la casa, en Tigre, está lleno de trofeos que Celeste ganó en fitness dance.
Rosa y Argentino trabajan en tareas domésticas y en la construcción, y pisaban los 50 cuando decidieron adoptar. "Y en el juzgado nos tiraron a la lona. Nos dijeron: 'Por la edad que tienen y la espera, mínimo pasarán cinco años'." Pero pasaron sólo 15 días. Y en dos meses Celeste festejó los 9 en casa. "Ahora, voy a tener que comprar la escopeta", bromea Argentino. Su nena creció y mucho.


A pesar de que sigue en contacto con algunos de sus once hermanos, Celeste tiene largas charlas con mamá Rosa. "Quiero que saque todo el odio que tiene en el corazón pensando que la mamá los abandonó porque vivir con eso no es bueno", dice Rosa.


Julio Witschi, de 38, iba rumbo al trabajo cuando recibió el llamado que le cambió la vida. "Hay dos hermanitos, Juli y Blanca... tienen 7 y 8 años..." ¿Acaso él y su mujer, Beatriz, querrían adoptarlos? Sí, claro. Hubo un primer encuentro en el Parque Rivadavia, una merienda, un rompecabezas para armar. Y fue una tarde para siempre. Después de 17 años de casados, la
casa de Beatriz y Julio se convertía en hogar con los chicos.


Negociador nato, parece difícil decirle no a Juli. El nene, que cumplió 9, ya avisó que cuando le den el DNI que está en trámite, quiere cambiarse el nombre y llamarse como el tío Cristian, que le peina la cabeza con una cresta de gel. Además tiene una mamitisaguda con Beatriz, 39, empleada en una fábrica de chocolates. Y ella no se queda atrás: "Siempre le digo que lo conozco como si lo hubiera tenido tenido en mi panza". Blanca, con sus 10 años, apunta a papá Julio, acaso saboreando, a su manera, el idilio padre-hija. "Costó entrar en esa relación hermética que tenían. Blanca desde chiquita se había puesto el nene al hombro", señala Beatriz. Pero hoy, un año después, el vínculo es diferente. Juli y Blanca buscan su propio espacio en la casa y en el amor de la familia, aunque todavía no dicen ni papá ni mamá. "A veces me dicen vieja", sonríe Beatriz, deseosa de escuchar un mami, mamá, má.


Esas mismas palabras que suenan muy dulces en Eugenia, 14, y Ailén, 12. En unas vacaciones empezaron a decirles papi y mami a Guillermo Fontana y Gabriela Puebla, sus padres adoptivos. La historia fue peculiar porque Guillermo y Gabriela –de 37 y 35 años– se decidieron por la adopción de dos hermanas siendo muy jóvenes y pudiendo tener sus propios bebés. "En el juzgado no lo entendían mucho. Pero habíamos trabajado en hogares y sabíamos que había un montón de nenes con necesidad de ser adoptados", rebobina Gabriela. Cuando las conocieron, sus nenas tenían 10 y 9 años. Hay fotos de las primeras salidas, recuerdos de esas primeras miradas; de cuando empezaron a extrañarse. Las vacaciones. Los cumpleaños. Y ponerse a pensar en la fiesta de 15 de Eugenia el año que viene. El tiempo pasó rápido.


Un pato de peluche de Ailén y una foto de cuando Eugenia era bebé son lo único que conservan de su familia de origen. Aquí también hay largas conversaciones sobre aquella historia y este presente. Pero acaso haya llegado el tiempo de soñar. Eugenia quiere ser dibujante y Ailén, tener un restorán. No es inalcanzable. Lo que parecía inalcanzable ya lo tienen.

miércoles, 24 de junio de 2009

Atrevete, salte del closet ¡¡¡¡¡


Esta nota me recuerda una canción de calle 13 (si, estoy influenciada por mi sobri pre adolescente; solamente el título, porque lo demás nada que ver, jajjaja)

Esta historia la encontré junto a la nota enviada por Lore:

¡ Atrevanse! Por Edgardo Schapachnik y Susana Torok Para LA NACION

Nuestra historia de adopción comenzó en 2005. Dadas nuestras edades y nuestras historias personales, aspirábamos a adoptar una niña de segunda infancia, o dos, si fueran hermanitas, o un niño y una niña, pero la condición era que el sexo femenino estuviera presente.

Así es que recurrimos a la ONG Anidar y con su asesoramiento conocimos historias de adopción diversas, fáciles algunas y más complicadas otras. Por estas últimas deseábamos que el Juzgado que nos tocara en suerte nos llamara por la edad menor posible dentro del rango elegido inicialmente, esto es de 5 a 9 años.

Sorpresivamente, tres meses después de presentar la carpeta recibimos la llamada de una jueza de una provincia del interior, que nos proponía la guarda de un niño de 10 años, cosa que se alejaba apenas del rango de edades elegidas y nos acercaba a aquel prejuicio de que cuanto más grande, más difícil. Más conmocionante fue aún saber que se trataba de un varón, ya que veníamos alimentando la idea de una niña. No dudamos en aceptar. No podíamos decir que no, no se trataba de elegir la antigüedad de una casa o el modelo de un auto, sino de un niño que nos esperaba, un niño que sería nuestro hijo.

Así, el 4 de marzo lo conocimos. Nos enteramos también de que ya había cumplido los 11 años, pero nos enamoramos de él y nos olvidamos por completo de nuestras expectativas con respecto al sexo.

En pocos meses de convivencia tuvimos que aprender lo que es fácil y lo que es difícil de esta integración de su historia a nuestras vidas. Pero sobre todo aprendimos lo difícil que fue para él abandonar su lugar natal, sus amigos del hogar, subir a un micro con dos extraños y encontrarse de pronto viviendo en una ciudad loca como Buenos Aires.

Hubo días tormentosos, de rebeldías, de mal humor, que si bien son características generales de todos los chicos, en este caso tuvimos que tener siempre presente su particularidad, producto de su historia, del amor que le faltó y del maltrato que recibió.

Fue necesario tiempo para que él nos aceptara como padres; tiempo para que comprobara que no lo íbamos a abandonar, tiempo para que dejara de usar palabras que aprendió y que pertenecen a un pasado que no eligió.

Aprendimos como padres que la adopción es un proceso que no nos atañe sólo a nosotros. También él nos tuvo que adoptar como mamá y papá, y en ese proceso nos fuimos transformando, adoptándonos. Aprendimos que él necesitaba pertenecer a una familia, saber que tenía el lugar que nunca tuvo.

Hoy, a más de tres años de compartir nuestras historias, porque ya tiene 14 años, podemos asegurar que viviríamos una y mil veces aquellos primeros días, en los que todo fue maravilloso -incluyendo los sinsabores-, como es maravilloso verlo crecer amándonos y amarlo cada día sintiendo que fue nuestro hijo desde siempre.

Hace más de un año nos pidió un hermano y eligió a un amigo del hogar donde vivió.

Nos atrevimos nuevamente, decidimos compartir su deseo y emprendimos una vez más el camino. Su nuevo hermano tiene tres años más que él, 17, y está con nosotros desde hace nueve meses. Es otra su historia, es otra su particularidad, otra experiencia por integrar a nuestras vidas. Estamos aprendiendo a ser otra vez padres, partiendo de lo nuevo y lo aprendido con nuestro primer hijo.

La relación entre lo nuevo y lo aprendido es compleja, donde lo nuevo adquiere una dimensión preponderante, ya que una vez más se trata de hacer confluir historias de vida diferentes, que en este caso es una larga historia de 17 años, con aspectos generales que hacen que un adolescente comience a incorporar nuevos códigos y que una familia empiece a aceptar otros que hacen a la condición etaria: música, costumbres, salidas nocturnas, límites, nuevos amigos. Nuestros hijos no son bebes, pero son niños al fin y nos esperaban como padres.

Hay cientos que esperan por ustedes como ellos lo hicieron por nosotros. ¡Atrévanse!

Fuente: http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1141215



A la espera de una familia


Esta nota del diario la nación me la hizo llegar Lorena b, gracias, Lore

Ninguna historia es igual a otra, pero todas conmueven por la sensibilidad, el arrojo frente a lo desconocido y la capacidad de sobreponerse a situaciones adversas. Por eso y a pesar de sus diferencias, todas comparten un tronco común que las tiñe del mismo sentido: un profundo deseo de formar una familia y un fascinante camino recorrido para conseguirla.

En los padres, porque no encontraron en la biología la manera de tener hijos. En los hijos, porque las circunstancias los llevaron a necesitar otra familia que los acogiera. Dos expectativas de felicidad que se unen en la adopción, venciendo montañas de prejuicios e inseguridades. Sin embargo, en estos casos, el desafío es mayor, porque el ensamble familiar se da con niños de más de 3 años o grupos de hermanos, que cargan sus propias historias y fantasmas.

Cuando los años de tratamientos de fertilización fallidos obligan a imaginar otras opciones para poder canalizar todo el amor de padres, la adopción se asoma, tímida y sigilosa, como una posibilidad. En ese momento, es fundamental el apoyo de las ONG especializadas en el tema, que pueden erradicar todas las dudas y miedos lógicos de los padres, y acompañarlos durante el proceso. "La mayoría de los adoptantes quieren reproducir con ese menor las etapas vitales de un padre biológico, y por eso prefieren adoptar bebes de menos de un año. Desde que nacen y tienen pocos meses hasta cambiarles un pañal y darles una mamadera. Existe cierto temor infundado a que a determinada edad los chicos ya tengan patrones de conducta o problemas de salud irreversibles", explica Pablo Padula, defensor civil y comercial N° 4 de Posadas.

Hoy sobran personas dispuestas a acoger a niños de menos de un año, que tienen que esperar un promedio de 3 años para hacerlo, y faltan padres con intención de adoptar a chicos en edades más avanzadas, grupos de hermanos o con problemas de salud, que los jueces entregan en cuestión de meses, para evitar que sigan pasando sus infancias en hogares o institutos.

Si se le suma que no todos los menores que necesitan una protección especial están en condiciones de ser adoptados, el número se achica. Para que alcancen esa condición, tiene que existir una decisión judicial que dictamine la necesidad de buscarles otra familia. Esto sucede cuando la familia de origen no puede asumir la crianza, o por causas graves como maltrato, abuso o negligencia en el cuidado. "Es probable que la Justicia se demore más de lo necesario a la hora de decretar la adoptabilidad de los niños, sobre todo considerando que cada día en la vida de un niño puede cambiarlo para siempre. Pero garantizar el cumplimiento del estándar del interés superior del niño no es tarea fácil: hay que investigar no sólo en la historia de vida, sino también asegurarse de que mantenerlo en el entorno familiar es inviable y, sobre todo, encontrar el mejor hogar posible para ese niño en particular", dice Liliana Bertolotti, jueza de familia de Posadas, para responder a las quejas sobre los largos plazos en los procesos de adopción.

Vida nueva

A Julio y Jacqueline fue su psicólogo de pareja el que les aconsejó acercarse a Prohijar después de varios intentos fracasados de embarazo. Empezaron a participar de las actividades y reuniones de la entidad y después de varios meses se anotaron para adoptar a dos hermanos de hasta 7 años, cuando en un primer momento sólo querían un bebe de hasta 2 años. "Cuando nos llamaron para contarnos el caso de un grupo de hermanos, de 7, 8 y 9 años, yo pensé que era ideal, porque ya teníamos tres perros, uno para cada uno", cuenta Julio, con una sencillez que refleja la forma práctica en que se toma la vida.

Para compensar, Jacqueline tenía los miedos lógicos de cualquier mujer a la hora de ser madre, pero además la asustaba un poco la idea de adoptar a chicos de estas edades, porque tenía 33 años y se sentía muy joven. "El día en que nos hablaron de estos chicos justo dio testimonio en la fundación un padre que había adoptado a cuatro y lo contó con tanta alegría que me dio esperanzas. Yo estaba preparada para una tragedia, entonces todo lo que vino después fue mucho más fácil", confiesa Jacqueline.

El recuerdo de cómo llegaron a ser familia viene acompañado de lágrimas, silencios y mucha alegría: la llamada para ver si estaban dispuestos a vincularse con estos chicos; el día en que los conocieron en la fundación y a las pocas horas ya jugaban en la plaza, y esas primeras sensaciones de sentir propias a esas personitas antes desconocidas. "En cuanto los vi me puse a llorar y a reír porque el más grande se parecía muchísimo a Julio, y hoy se parece más todavía porque le copió algunos gestos", dice esta madre, psicóloga de profesión.

Siguieron 45 días de varias salidas para empezar a conocerse, hasta que el 13 de diciembre de 2007 ya estaban viviendo juntos en su casa de Colegiales. "Maxi, el día en que nos conoció, le pidió un bolso al director del hogar y lo tenía preparado debajo de la cama, listo para irse", dice Julio, para enfatizar la tremenda necesidad de todos los chicos que viven en hogares de tener su familia.

En ese momento, Jacqueline trabajaba en tres lugares y pidió nueve meses de licencia. Además, tuvieron que vaciar todos los placares y modificar el lavadero, pero sobre todas las cosas tuvieron que modificar su estructura diaria. "Nos costó organizarlos porque ellos tenían otro estilo de vida. Aprendieron a ser ordenados, a respetar el horario de la cena, a no comer con el televisor prendido, a no masticar con la boca abierta. Pero lo primero que tuvieron que aprender fue a dejarse querer y a cambiar su imagen sobre los padres", dice Julio con sabiduría.

Los hijos de Julio y Jacqueline hoy tienen 12, 10 y 9 años; se están nivelando en el colegio; han formado un nutrido grupo de amigos, y tienen una familia que los adora.

"Parece imposible, pero no lo es. A mí me completó como persona el ser mamá. El mito más fuerte que hay que vencer es que la biología hace a la maternidad, cuando lo que la determina es el ejercicio del rol. Yo tengo el beneficio y el orgullo de que mis hijos nos eligieron como padres, y eso no es común", concluye Jacqueline.

No existen cifras oficiales sobre la cantidad de chicos que esperan una familia, y eso no permite tener una dimensión acabada de esta problemática. Sin embargo, según un relevamiento realizado por el Ministerio de Justicia y Derechos Humanos de la Nación, la Secretaría de Derechos Humanos y Unicef, en 2006, cerca de 20.000 chicos y adolescentes de hasta 21 años residen en 757 establecimientos, y el 84,8% permanece allí privado de su libertad por causas no penales, sin la posibilidad de vivir en familia. A su vez, algunas ONG estiman que en la provincia de Buenos Aires son cerca de 12.000 los chicos que siguen esperando, y en la ciudad de Buenos Aires, alrededor de 3000.

Del otro lado, se encuentran los 500 postulantes que por año se inscriben en el Registro Unico de Aspirantes a Guarda con Fines Adoptivos, que funciona en la ciudad de Buenos Aires. Las guardas otorgadas por juzgados porteños no superan las 100 por año; por lo tanto, hay tres veces más inscripciones que guardas. Cuando se analizan las condiciones establecidas por los 1403 inscriptos para adoptar, nadie está anotado para recibir a cinco hermanos, una sola persona para adoptar a cuatro, 19 para tres y 551 para dos hermanos.

En el Registro Unico de Adoptantes, de alcance nacional, pero al que sólo 10 provincias han adherido voluntariamente, existen 1851 legajos admitidos, de 388 aspirantes monoparentales femeninos, 15 aspirantes monoparentales masculinos y 1448 matrimonios. Esto habla de un total de 3299 personas si se contabilizan por separado los esposos y esposas. De éstos, 886 aceptan hermanos; 377, niños con problemas físicos, y 177, niños con VIH negativizado.

"En la adopción de chicos más grandes, es muy importante el tiempo dedicado a la previnculación, porque es el primer paso respecto del consentimiento. Nosotros buscamos padres para los niños y no niños para los padres. Por medio de charlas que damos durante todo el año, vamos acompañando a los padres en la espera, a la vez que los formamos", explica Adriana Abeles, de Campos del Psicoanálisis.

Una nueva tendencia que los especialistas señalan es el aumento del número de mujeres y hombres solos que se acercan para adoptar a chicos más grandes. "Esta es una realidad cada vez más frecuente. En nuestra fundación, cerca del 25% de las personas que atendemos adoptaron a chicos más grandes o están en proceso. En general, tienen más de 40 años y son monoparentales, porque empezaron a pensar en la paternidad de grandes", cuenta Graciela Livsky, de la Fundación Adoptare.

"Existe la fantasía de que si uno adopta un niño chico todo va a parecerse a lo que sería un hijo propio. Y esto no es así, porque hay una memoria genética. Con los niños grandes, la gran ventaja es que ellos participan del proceso", sostiene María Adela Mondelli, de Fundación Adoptar.

Todos coinciden en que para poder adoptar a grupos de hermanos y a chicos más grandes hay que tener muchas ganas, espacio físico, recursos económicos acordes, un gran acompañamiento de una ONG, y el apoyo de todo el entorno. Como el niño también carga con sus tiempos y condiciones, se requiere de una disponibilidad afectiva muy grande de los adoptantes.

"Se necesitan para estos chicos familias con mayor fortaleza, flexibilidad y disponibilidad para pedir ayuda cuando lo necesitan", agrega Sandra Juárez, de Prohijar.

Padres por casualidad

No hace falta creer en la predestinación para empatizar con la historia de Raúl y Marta Orsi, que se transformaron en padres casi por casualidad. Todo empezó en diciembre de 1988, el día en que aceptaron el ofrecimiento del hogar La Casa de la Niña, ubicado en su misma cuadra, en Santa Fe capital, para recibir a María de los Angeles, de 7 años, en las Fiestas, porque el hogar cerraba sus puertas esas dos semanas.

"Nosotros llevábamos 5 años de casados y ni siquiera teníamos intenciones de adoptar en ese momento", dice Raúl. En ese entonces tenía 29 años, y su mujer, 28, y ya empezaban a sentir la presión social de no tener hijos.

Bastaron solo dos semanas para que María de los Angeles tenía problemas de aprendizaje, casi no les hablaba y le costaba socializar. "Era morochita, y el primer fin de semana nos dio vergüenza ir con ella a misa y fuimos solos. En la semana, lo hablamos y nos sentimos muy incómodos. Nos decíamos muy cristianos, pero cuando llegaba el momento de compartir con otras personas, nos había ganado el prejuicio", confiesa Raúl.

que esta nena, que al principio se mostraba fría y retraída, se integrara en sus vidas. "Estábamos viendo una película con la nena. Se sentó en mi falda y apoyó su mejilla sobre la mía. Fue una cosa mágica, como si una varita me tocara el corazón", relata Raúl emocionado.

Vivieron la Navidad más linda de sus vidas y eso los convenció para ir al hogar a preguntar por la situación de María de los Angeles y enseguida empezaron los trámites de adopción.

Los primeros tiempos fueron duros por el desconocimiento, y porque no tuvieron un grupo u ONG que los guiara. Sin embargo, volcaron todo el amor contenido en su nueva hija. "Nosotros nos preguntamos cómo habría sido de bebe, y lo tomamos con naturalidad. De chica le leíamos libros sobre la adopción. Lo que nos iba preguntando, lo íbamos manejando. Si uno lo habla con naturalidad, deja de ser algo fantasioso o para ocultar", dice Raúl.

Dentro de su nueva familia, María de los Angeles pudo superar sus problemas de aprendizaje. "Hizo toda la primaria, la secundaria y luego se recibió de técnica agrónoma", dice Marta orgullosa.

Hoy, con 28 años, y madre de dos pequeños, María de los Angeles sigue disfrutando de los programas con sus padres. "Con los nietos fue que nos dimos el gusto de cambiar pañales y jugar a la pelota", dice Marta, quien ahora vive junto a su familia en Esperanza, Santa Fe, y a sólo 8 cuadras de su hija. Se emociona cuando habla del vínculo profundo y sólido que pudo establecer con su hija. "Yo a veces escucho a otras madres que se quejan porque sus hijos no les prestan atención, y en mi caso María de los Angeles es super compañera", dice.

Problemas

Los chicos que son adoptados de grandes vienen de largas situaciones de vulnerabilidad y con demasiadas carencias. Por eso, cuando encuentran una nueva familia que además de amor los llena de confort material, muchas veces tardan en adaptarse. En general, necesitan un tiempo para aprender a valorar las cosas y a compartirlas, porque nunca tuvieron nada propio.

También son frecuentes los problemas de aprendizaje y las complicaciones en el cumplimiento de normas y pautas familiares. "Recibimos consultas sobre chicos con voracidad en la alimentación o que guardan comida, chicos grandes que se orinan encima o no se quieren bañar. También en las familias hay normas con respecto a la intimidad y la sexualidad que los chicos desconocen y que tienen que aprender", explica Beatriz Gelman, de Adoptare.

Gabriela y José Cvitovic, de San Antonio de Areco, vivieron con sus 4 hijos adoptivos algunas de esas complicaciones con la mayor naturalidad del mundo. Miedo a la hora de bañarse, camas mojadas por las noches, falta de demostraciones afectivas y berrinches. "Pero en el andar fuimos aprendiendo y creciendo juntos. Ellos a tener nuevos papás y nosotros a tener nuevos hijos", dice José, productor agropecuario de la zona, desde el sofá del living de su casa, mientras dos de sus hijas hacen monigotadas a su alrededor.

En diciembre de 2006, ya habiendo presentado las carpetas necesarias con el asesoramiento de Prohijar, los llamaron para ver si se animaban a recibir a 4 hermanos, cuando ellos se habían anotado para adoptar hasta a dos hermanitos. "Por algo será que esto nos llega ahora", pensaron y aceptaron la aventura de integrar a tres hermanos 8, 9, 12 y 13 años, tres mujeres y un varón. "Nuestra casa tenía un living, una cocina y dos dormitorios. Vivimos 8 meses todos juntos en el mismo espacio y sobrevivimos. La gente nos donaba ropa, peluches y muebles. Después estuvimos 6 meses en obra para refaccionar y ampliar la casa", dice Gabriela, con la satisfacción de haber superado la prueba.

Tienen un extenso jardín que los chicos disfrutan cada vez que pueden junto a sus amigos o primos. En la casa no tienen televisión, porque los padres decidieron priorizar la vida al aire libre. Durante la entrevista, los chicos traen mate y masitas a la mesa, buscan llamar la atención de sus padres y se distraen jugando con la computadora.

"Al principio yo tenía miedo. No sabía si me iban a dar vuelta la casa, si me iban a hacer un piquete o si se iban a querer ir. Para nosotros, los conocimos en su mejor edad, porque fue con la que llegaron a nuestras vidas. Yo creo que como padre no te perdés de nada porque todo es tan intenso que ni te enterás", cuenta José.

Todo fue nuevo, pero, sin embrago, ellos sienten que están juntos desde siempre, a tal punto que no se acuerdan de cuando estaban solos. José y Gabriela aseguran que no es tan simple como esperaban pero tampoco tan complicado como parecía. Apelando al sentido común y a los límites, consiguieron armar la familia que siempre quisieron tener. "Yo creo que el hecho de que sean hermanos ayuda a la adaptación, porque tienen sus propios códigos y lenguaje", dice José, convencido.

Poner a prueba

Durante el primer tiempo de convivencia, los chicos suelen poner a prueba a los padres para asegurarse de que no los van a abandonar, y es allí donde se les aconseja brindarles la contención necesaria para que entiendan que se ha formado una familia para toda la vida. "A mis hijos les costó confiar en que era para siempre. Al principio, cuando nos íbamos al cine teníamos que decirles que volvíamos, porque ellos necesitan esa seguridad", dice Soledad Ricci, quien junto a su marido Luis, adoptaron a 3 hermanos de 2, 3 y 5 años.

Todos formaron una nueva familia en Bella Vista, en la casa en donde Soledad vivió durante su infancia, acompañados por tres perros, un gato, dos coballos, y un amplio jardín con árboles y una pileta.

Los chicos reciben a La Nación con el uniforme del colegio, con un cartel de bienvenida en la puerta y nos hacen una recorrida por su nuevo hogar.

"Después de muchos años de tratamientos, empezamos a pensar en la adopción y nos acercamos a Anidar. A principios de diciembre de 2004 armamos 25 carpetas y las mandamos a cada uno de los registros provinciales de adopción. El 21 de ese mismo mes, nos llamaron de un juzgado porque había tres hermanos en espera. Los chicos vivían en un hogar y el juez quería que pasaran esas fiestas con una familia. En tres días, ya los teníamos en casa", cuenta Luis.

Su entorno los ayudó mucho y la familia fue fundamental en ese sentido. Soledad se tomó 3 meses de licencia en su trabajo y después modificó y acortó sus horarios para poder estar más tiempo en casa con sus hijos.

"Tenemos los problemas que puede llegar a tener cualquier familia. Ellos de a poquito van adaptándose, buscando su lugar en el mundo. Es algo que se tiene que trabajar y mucho. Para ellos todo es nuevo, es un mundo nuevo para descubrir cada día", dice Soledad.

Para Luis lo más complicado fue perder la independencia que habían disfrutado durante sus 13 años de casados, porque los chicos lo empezaron a demandar en forma constante. "Es verdad que acarrean historias, pero todo es superable. Lo que pasa es que hay que ponerle garra y tiempo. Son chicos que necesitan atención permanente. Es impresionante como ellos te van devolviendo lo que vos les vas dando", dice.

Por lo general, como han tenido que superar situaciones complejas, estos grupos de hermanos desarrollan un vínculo de supervivencia, y se cuidan mutuamente. "Ellos aprendieron de grandes a jugar, a hacerse amigos y a ser hijos. De a poco se fueron mimetizando con nosotros. Es impresionante como copian los gestos y las frases", dice Soledad, que tiene grabados a fuego esos días en que se escondía debajo de la escalera, para que sus hijos no la encontraran y le gritaran mamá por primera vez.

"Son dos carencias que se unen. Tanto ellos como nosotros nos necesitábamos y se formó una familia", concluye Luis.

Todo indica que este tipo de adopción implica enormes desafíos, pero ninguno parecería imposible de superar con las herramientas necesarias y la voluntad suficientes.

Por Micaela Urdinez
De la Fundación LA NACION

Fuente:http://www.lanacion.com.ar/nota.asp?nota_id=1141203


martes, 23 de junio de 2009

Más de 130 interesados en adoptar a 6 hermanos


Más de 130 llamados fue la respuesta que recibió la Secretaría Nacional de Niñez, Adolescencia y Familia (Sennaf) a una convocatoria pública de adopción: seis hermanos en busca de una familia.
Clarín la difundió el último domingo. "El martes ya habíamos recibido 80 llamadas, a pesar del feriado del lunes, y el viernes ya sumaban más de 130", dice Marisa Graham, directora nacional de Promoción y Protección de Derechos de la Sennaf.
Los hermanos son tres varones de 14, 10 y 8 años y tres chicas de 12, 9 y 6. Hace cuatro años fueron separados de sus padres. La razón: fueron víctimas del maltrato y de la violencia, a tal punto que la justicia les quitó a sus padres la Patria Potestad.
Desde hace un año los hermanos viven en una ONG por separado: las chicos por un lado y las chicas por otro.
La convocatoria de la Sennaf no impone la obligación de que una pareja o persona sola adopte a los seis chicos, pero la condición es que se comprometan a no romper el vínculo de hermanos.
La mayoría de los llamados recibidos provinieron de parejas o personas que no están anotadas en los registros para adoptar. "Entre ellos, algunos preguntaron si podían adoptar a dos o tres hermanos, pero muchos se ofrecieron para adoptar a los seis. En principio, a ellos vamos a darles prioridad", dice Graham.
Y agrega: "Si bien incorporar a seis chicos a una familia es un gran compromiso también lo es adoptar a dos o tres y poder sostener la relación entre todos los hermanos".
La convocatoria de la Sennaf sigue abierta. Los interesados deberán llamar al 4338-5820/5800 de 10 a 16.
fuente: http://www.clarin.com/diario/2009/06/21/sociedad/s-01943250.htm